martes, 2 de febrero de 2016

Matías


Me llamo Matías. Mi papá se murió en enero de 1907 por culpa de una pulmonía. Dice mi mamá que ese año hizo mucho frío que mi papá se enfermó por eso. Yo casi no me acuerdo de él. Tenía algunas cosas: su sombrero, una foto y unos papeles, pero todo se perdió en la guerra.

Un día mi mamá y yo nos fuimos a vivir allá por el Arroyo de Mexicapan con una viejita. Mi mamá lavaba ajeno y limpiaba casas. También íbamos al cerro a cortar nopalitos y tunas, y a pastorear las chivas de la viejita.

Un día llegó a la casa una señorita muy catrina.

- ¿Es usted Inesita? –preguntó la muchacha.

- Para servir a usted. –le dijo mi mamá.

- Me dijeron que es usted buena lavandera.

- Pues yo creo que sí.

- El doctor Guillermo López de Lara está buscando una criada para su casa. La paga es buena pero tiene que quedarse ahí a dormir  todos los días.

- No puedo irme sola, tengo a mi hijo Matías. Si me lo aceptan allá, me voy. Si no. Pues no.

- ¿Qué edad tiene Matías?

- Once años. Ya sabe hacer mandados y puede ayudar en lo que le pidan.

- Está bien, Inesita, váyase con todo y Matías.

Y nos fuimos a vivir a la casa del doctor López de Lara, que era una finca muy grande y tenía luz eléctrica. Estaba llena de objetos misteriosos y fascinantes: unas cajitas que tocaban música al abrirlas, muñecos de porcelana que parecían mirarte, un reloj donde vivía un pájaro que salía a dar la hora. También había otros pájaros vivos, unas como gallinas verdes que se paseaban por el jardín arrastrando sus colas enormes.

Pero lo más increíble era el consultorio del doctor. Pocas veces pude entrar y todas ellas me quedé sin habla. Tenía muebles llenos de libros, desde el suelo hasta el techo, quién sabe de qué se tratarían: yo nunca aprendí a leer. También tenía un montón de frascos color ámbar de misterioso contenido, petacas llenas de extraños instrumentos… Y en la esquina, lo más aterrador: un esqueleto completito colgando del techo.


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