viernes, 26 de febrero de 2016

¿Por qué enseñamos a las niñas que "es lindo" tener miedo?

Hace poco me encontré en el blog de información visual Pictoline esta imagen:



Su contenido me llamó la atención porque señala un rasgo cultural con el que estamos habituados y que nos parece muy "normal": que las niñas y mujeres sean temerosas.

Decidí buscar el artículo original cuya información sirvió para hacer la imagen y me tomé la libertad de traducirlo y publicarlo para los lectores del Blog de Chinchilagua:






¿Por qué enseñamos a las niñas que "es lindo" tener miedo?
Por Caroline Paul


Fui la primera mujer en el Departamento de Bomberos de San Francisco. Por más de doce años trabajé en una estación muy atareada, ubicada en una zona difícil donde las ruinosas casas de madera ardían con facilidad y los pandilleros peleaban con machetes. Saqué un cuerpo hinchado de la bahía, resucité a un bebé y me arrastré por incontables pasillos llenos de humo. 


Pensé que la gente me preguntaría si tenía habilidades físicas para hacer ese trabajo (mido casi 1.70 metros, peso 80 kilos y fui atleta en la Universidad). Pero siempre me preguntaban lo mismo, una y otra vez: "¿No tienes miedo?"

Era raro -e insultante- que la gente pusiera mi valentía en duda. Nunca escuché que les preguntaran eso a mis colegas varones. Aparentemente el miedo es algo femenino.

El condicionamiento para el miedo empieza en una etapa muy temprana. Muchos estudios han mostrado que las actividades físicas (deportes, excursionismo, juegos al aire libre) están vinculadas al desarrollo de la autoestima en las niñas. Pero las niñas son continuamente protegidas de la práctica de actividades que involucren riesgos.

Un estudio que se realizó en un parque donde había un tubo de bajada, como los que hay en las estaciones de bomberos, fue especialmente revelador. Se publicó en The Journal of Applied Developmental Psychology y mostró que los papás advertían de los peligros del tubo principalmente a las niñas y las cuidaban cuando se deslizaban. En cambio, padres y madres motivaban a sus hijos varones a enfrentar sus miedos y a deslizarse ellos mismos sin ayuda. 


Recientemente platicaba con una amiga que me contaba que ella protege a su hija más que a su hijo. "Ella es torpe", me explicaba. Yo le pregunté que si una niña torpe no tendría derecho también a correr sus propios riesgos. Mi amiga estuvo de acuerdo, pero sin mucho entusiasmo. Yo pude ver en su rostro que su instinto maternal estaba luchando contra su feminismo. Y el feminismo estaba perdiendo.   

Yo también fui una niña torpe. Era tímida y me daban miedo muchas cosas: los niños grandotes, las criaturas que se escondían debajo de la cama, la escuela... Pero leía con interés las revistas National Geographic y el libro “Harriet the Spy”. Sabía todo sobre Sir Lancelot y los Caballeros de la Mesa Redonda,  que protegían con honor su comarca. Ninguna de estas lecturas hablaba de miedo. Hablaban de valor, búsqueda y emocionantes aventuras.

Un día me subí a mi bicicleta y rodé por una carretera empinada (y choqué contra un coche).  También bajé una colina helada montada en un trineo (y me estrellé contra un árbol). No recuerdo que mis padres enloquecieran; parecían comprender que los percances eran parte dela infancia. Me tuvieron que coser muchos puntos, pero seguí andando en bicicleta y deslizándome en trineo. Los infortunios significaron que debía seguir intentádolo. Con cada nuevo triunfo sobre el miedo y los tropiezos físicos, yo ganaba confianza.

Recientemente le pregunté a mi mamá porque nunca intentó detenerme. Ella me dijo que su propia madre fue muy asustadiza y temerosa de cualquier situación ruda. "En mi infancia tuve tanto miedo de tener aventuras que permití que tú disfrutaras de una niñez más emocionante".

Pero lo que hizo mi madre fue atípico. De acuerdo con un estudio aparecido en The Journal of Pediatric Psychology, los padres tienen a decirle a sus hijas "ten cuidado" cuatro veces más que a sus hijos frente a riesgos que, si bien no pondrían en riesgo su vida, conllevarían un viaje a la sala de emergencias. Parecen advertencias razonables, pero tienen consecuencias que los investigadores han subrayado: las niñas tienen menos interés que los niños por emprender retos físicos, cuya práctica es importante para adquirir nuevas habilidades. Este estudio muestra una verdad incómoda: pensamos que nuestra hijas son más frágiles, tanto física como emocionalmente, que nuestros hijos.

 No estoy diciendo que lastimarse es bueno o que nuestra hijas deben ser imprudentes. Pero tomar riesgos es importante. Gever Tulley, autor del libro "50 Dangerous Things (You Should Let Your Children Do)”, propone que niñas y niños debe tener navajas de bolsillo, usar encendedores y saber arrojar lanzas. Argumenta que la practica de actividades "peligrosas" bajo la supervisión de un adulto puede enseñarles a los niños a ser responsables, a resolver problemas y a tener confianza en sí mismos. También menciona que al mantener a las niñas lejos de estas experiencias no las estamos protegiendo: las estamos preparando a fracasar en la vida.

Cuando una niña aprende que la posibilidad de rasparse una rodilla es una razón aceptable para no jugar en el tubo de bomberos, aprende a evitar actividades que están fuera de su zona de comfort. Hay muchas situaciones que consideramos muy aterradoras cuando, en realidad, son estimulantes y desconocidas.  El miedo se vuelve una característica femenina, algo que las niñas deben sentir y expresar.         


Cuando la niña se convierte en mujer, el miedo se manifiesta como cortesía y timidez para tomar decisiones. Tratamos de justificar este condicionamiento diciéndonos a nosotras mismas que solo somos "amables". Los libros sobre "el empoderamiento femenino" llenan estantes en las tiendas, pero ya es demasiado tarde para lo que sus autores intentan conseguir.  

Debemos desechar el peligroso lenguaje del miedo ("¡Ten cuidado!" "Uy, qué miedo!") y empezar a educar a nuestras hijas del mismo modo que a nuestros hijos: fomentando el valor y la resiliencia. Necesitamos darles confianza a nuestras hijas para que tengan dominio en habilidades que parecen difíciles, incluso peligrosas. Y no, no es lindo escuchar a una niña de diez años gritar "¡Me da miedo!"

Cuando trabajé como bombero, muchas veces tuve miedo. Por supuesto que tuve miedo. Pero éramos los fuertes y el miedo no era motivo suficiente para retroceder. Así que ponía mi miedo en donde debía estar: detrás de mi concentración, mi confianza y mi valor. Y entonces entraba, con mi equipo, al edificio en llamas. 

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Traducción: Jael Alvarado


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